Las historias mínimas pueden pasar desapercibidas frente a nuestros ojos, pero, asimismo, pueden ser observadas, interpretadas o reflexionadas de distinta manera, de acuerdo a nuestros propios puntos de vista, posturas ideológicas, sociales y/o culturales. Este relato que les comparto, recoge una de estas historias mínimas.
La observación cotidiana de lo que sucede en las calles nos permite descubrir distintas formas creativas que tienen las personas, para inventar nuevas maneras de ganarse la vida o agregar algún dinero extra a los escasos recursos con que cuentan para cubrir sus necesidades. Los italianos tienen un modismo para esto y es “l’arte di arrangiarsi”, es decir, traducido al español sería “el arte de arreglárselas, de rebuscárselas por sí solos”.
Cuando viajamos en la locomoción colectiva tenemos la oportunidad de conocer a los vendedores ambulantes que suben a ofrecer sus variadas mercaderías al transporte público, a los personajes que premunidos de supuestos documentos sanitarios solicitan ayuda para medicamentos, a los cantantes, a los artistas callejeros que en menos de un minuto entregan su arte popular aprovechando la detención de los vehículos en los semáforos, a los antiguos y famosos “sapos”, que hoy, junto al celular, siguen utilizando lápiz y papel para anotar los itinerarios que en determinados paraderos, les permite informar a los conductores de micro de la posición y frecuencia de los otros buses que “compiten” por los pasajeros en sus recorridos, etcétera.
Pero, de pronto y ante determinadas circunstancias, aparecen otras actividades que nos llaman la atención, por ser distintas o novedosas cuando las observamos por primera vez, como fue el caso, por ejemplo, de los vendedores de súper ocho con la llegada de los migrantes haitianos, situación sobre la cual escribí una crónica anterior.
Durante el período de la post pandemia aparecieron personas que, premunidas de un paño y una botella con un líquido de fórmula desconocida, pero con un penetrante olor a cloro, se subían al bus y limpiaban asientos, manillas y agarraderas, solicitando luego algunas monedas por esta tarea de “desinfección y prevención del contagio”.
Hace algunos años atrás, precisamente durante la post pandemia y para ser más precisos durante el año 2021, se produjo una escasez de monedas en nuestro país que provocó dificultades en el comercio y también en la locomoción colectiva y, en esa oportunidad, tuvimos que preocuparnos de buscar forma de conseguir monedas para pagar el boleto, ya que para los choferes era muy difícil conseguir una cantidad adecuada de dinero metálico y poder dar el vuelto correspondiente. Desconozco las razones reales de tal situación, pero así sucedió, fue un proceso que me tocó vivir como cliente habitual del transporte público en Valparaíso.
Pero, una vez más la creatividad popular, ese “arte de rebuscárselas”, me sorprendió con un nuevo actor que hizo aparición en el paradero ubicado frente a la Universidad Católica de Valparaíso, el cual, premunido de una bolsa con monedas, las agitaba con su mano al paso de los buses. Así, en varias ocasiones, observé como los conductores lo llamaban y le solicitaban una cantidad de determinadas monedas “quiero cinco mil de a cien; dame monedas de a cincuenta; necesito monedas de diez pesos”, entonces, este nuevo “emprendedor” subía a la micro, entregaba las monedas solicitadas y recibía una cantidad de dinero en billetes a cambio. Solo en una ocasión pude ver a otra persona en otro lugar, no recuerdo si fue en Viña del Mar o Quilpué, ofreciendo este mismo servicio a los micreros, el de proveedor de monedas.
Este “emprendedor” no solo se limitó a cumplir esta labor en el período de la post pandemia, sino que sigue funcionando de manera regular hasta el día de hoy y sus servicios son requeridos constantemente por los conductores de los buses. Ayer, viajando rumbo a Viña del Mar, a la altura del paradero de la Católica nuevamente vi a la persona agitando su mano premunida de una bolsita plástica con monedas al paso de los buses y me tocó escuchar, de parte del conductor del bus en que viajaba, la frase “necesito tres mil en monedas de a diez”, pudiendo así tener, una vez más, la vivencia directa de esta “transacción”, una acción muy necesaria y práctica, sobre todo ahora que con la nueva alza de la locomoción, los valores establecidos requieren contar con las monedas necesarias para poder dar el vuelto correspondiente.
Como la curiosidad de saber cómo funcionaba este servicio hacía tiempo daba vueltas en mi cabeza, antes de bajar de la micro aproveché de preguntarle al chofer cómo funcionaba este útil servicio, cuál era el negocio para la persona que se le ocurrió implementarlo y me relató que “después de la pandemia, algo pasó con las monedas y empezaron a faltar, entonces, este señor, iba al banco a cambiar monedas, después hacía unas bolsas de a cinco mil, o tres mil pesos, con monedas de 100, 50 o 10 pesos y cobra una comisión por su trabajo. Ahora le compré tres mil pesos en monedas de a diez pesos y yo le pagué trescientos pesos por el servicio, así funciona. Por ejemplo, en las bolsas de cinco mil pesos en monedas de a cien, vienen 4.500 pesos en monedas y yo le pago cinco mil en billetes”. O sea, le comenté, el pide el diez por ciento por su trabajo, “cierto, ese sería el porcentaje, pero es una idea muy buena la que se le ocurrió, es un servicio muy bueno para nosotros”. Resuelta mi curiosidad y admirando la creatividad popular para ingeniárselas, descendí del bus con una grata sensación.
Guillermo Correa Camiroaga, Valparaíso 10
de marzo 2025
Comentarios
Publicar un comentario