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Merino y Pinochet: Monumentos públicos, monumentos privados

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay sí”. Como dice la canción el azar, el destino o como se quiera llamar  depara experiencias que se entrelazan al instante con otras, que en el caso específico de Cine Fórum, dicen relación con la campaña que comenzáramos -iniciativa surgida en nuestro seno- un 11 de setiembre de 2013, con la denuncia y exigencia de retiro de la abominable estatua al tristemente célebre José Toribio Merino, uno de los principales ideólogos del golpe de estado de 1973 que derrocó a Salvador Allende. Merino, en la ocasión  auto designado Comandante en Jefe de la Armada,  dio el vamos, en la madrugada de aquel triste día- con el apoyo tácito de los norteamericanos de la Operación UNITAS, que supuestamente participaban de” ejercicios navales de cooperación mutuas”-, a la más sangrienta dictadura  y a uno de los periodos más oscuros de la historia de Chile.
   Pero comenzamos esta crónica con las sorpresas que te da la vida.   Invitado nuestro colectivo a un pequeño poblado cercano a Los Andes, nos detuvimos –un amigo nos había dado el dato- a comprar queso y degustar la extraordinaria repostería –kuchen de arándanos, de frambuesa, strudel de manzanas, pie de limón- en un pequeño negocio, sala de venta del Fundo Los Hornos en la localidad de Panquehue. En un momento, y al ver por una puerta abierta  que daba al interior de la propiedad el llamativo verdor de un jardín, nos introdujimos a ésta. Se trataba de un pequeño parque armonioso, con hermosas flores y plantas. En un sector, casi al comienzo, divisamos un busto. Hicimos apuestas de adivinar de quién se trataba. Uno dijo O’Higgins, otro Prat, no faltó el gracioso que dijo que lo más probable es que se tratara de Condorito, a lo que refutó el partidario del padre de la patria diciendo que estábamos en Panquehue, no en Pelotillehue. Al acercarnos y ver la mirada de piedra del homenajeado no pudimos disimular la estupefacción que nos provocó; se trataba de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte: el dictador.
   La campaña de “desmonumentación” de los símbolos de la dictadura que iniciáramos el año pasado ha ido creciendo paso a paso. No ha sido un arrebato de locos resentidos, ni menos humanoides como nos hubiera tildado el singular marino de estar vivo. No. Ha sido una acción de absoluta dignidad, realizada por ciudadanos, muchos de ellos víctimas de la barbarie dictatorial, y que responde a un emplazamiento a toda la sociedad; autoridades políticas y administrativas del estado, pero  especialmente a las instituciones armadas para que obren de buena fe, asumiendo la responsabilidad que les compete en la política de terrorismo de estado a la cual las llevó la cúpula militar de aquella época, que tanto daño causó a un amplio sector del pueblo de Chile, y que, hasta el día de hoy, es una mancha difícil de borrar para quienes las conducen hoy en día, al no tener voluntad de desligarse de tan nefasta herencia.
  Hay monumentos y monumentos. Privados y públicos. No podemos exigir que se retire el monumento al dictador instalado al interior de una propiedad de la familia Ibañez. Hasta entendemos su homenaje, por tratarse de quien permitió la revolución neoliberal ultraconservadora que llevó a los grupos económicos  a adueñarse del país. Aun más, no nos extrañaríamos si en una futura visita encontráramos también estatuas de Ricardo Lagos, Eduardo Frei o Sebastián Piñera. Los grupos económicos están en su derecho de rendir pleitesía a quienes han gobernado para ellos, dentro de su espacio privado. Pero otra cosa es en el ámbito público. Sí tenemos derecho a exigir el retiro de la estatua de Merino-financiada por conspicuos miembros de la elite económica- emplazada en los jardines del Museo Marítimo (ex Academia de Guerra Naval)- por tratarse de un recinto que financiamos todos los chilenos. Sí podemos exigir el cambio de nombre a la fragata “Almirante José Toribio Merino”, por el mismo motivo. Sí podemos exigir el cambio de nombre de la “Biblioteca Augusto Pinochet Ugarte”, ubicada en la Escuela Militar, por el de Biblioteca Carlos Prats, militar que dio lección de apego a la democracia y cuyo ejemplo debería ser espejo para las nuevas generaciones de aspirantes a oficiales.
     Que se queden entonces, los dueños de Chile, dentro de sus ostentosos guetos, con todas las estatuas de sus héroes. Sáquenles brillo, ríndales honores, cultiven rondas de jardines alrededor de sus esfinges de piedra o bronce. Y a quienes tiene la responsabilidad de retirar todos aquellos símbolos de la dictadura que permanecen como una afrenta a la dignidad de los chilenos, les pedimos, no se sigan haciendo los lesos,  asuman de una vez el deber que les corresponde en tan importante tarea.

   Colectivo Cine Fórum

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