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Recinto Psiquiátrico, novela de Marco López Aballay


 Nelson Paredes

 Nos encontramos ante una nueva y potente apuesta narrativa de Marco López Aballay, escritor del valle de Aconcagua. Se trata de relatos independientes unos de otros, pero que, en un recorrido circular, funcionan, y se fusionan, como fragmentos que hacen de cimiento de un entramado novelesco, al entrelazarse el devenir de historias y personajes. Enrique Vila Matas, en Perder Teorías, coloca al personaje, un escritor (su doble), encerrado en un hotel en Lyon, Francia, mientras espera un hipotético contacto de los organizadores de un evento literario, en esa larga espera, elabora una teoría de lo que debería ser la novela de un nuevo siglo, adjudicándole cinco rasgos o requisitos irrenunciables para ser catalogada como tal: la intertextualidad, las conexiones con la alta poesía, la escritura como un reloj que avanza, la victoria del estilo por sobre la trama y, la conciencia de un paisaje moral ruinoso. Pensada de tal manera, y apoyándonos en los preceptos vertidos por el doble del destacado autor español, no cabe duda que el escrito de López Aballay transita por el camino antes señalado. Como en sus libros anteriores, los personajes se mueven en un par de pueblos vecinos, donde en uno de ellos, se ubica el recinto psiquiátrico. Hasta allí ha llegado, víctima de su delirante mundo interior, Peruco Mora, un personaje que se puede colegir, transita en el imaginario del autor como una línea de continuidad desde los libros anteriores, es decir, un personaje recurrente que, con diferentes nombres, es parte de un mismo universo narrativo. Esta vez, este intelectual pueblerino es el protagonista de una terapia psiquiátrica, en donde fluyen como ríos torrentosos sus miedos, culpas, delirios, ansiedades, anhelos y frustraciones.

     En cada sesión, son fragmentos intercalados de sus lecturas- un ejercicio de intertextualidad con personajes de la literatura universal y de su acercamiento a figuras religiosas y místicas-, los que hacen de soporte y anteceden, acaso como un pretexto de justificación de su desvarío, el transitar por la cuerda floja de sus contradicciones. Esta recurrente presencia de fragmentos de obras de la literatura- que para nada sabe a pedantería intelectual del autor-, se mantiene a lo largo del libro y, además de la función antes señalada, constituyen un acicate para quienes leen en conocer a autores y autoras que emergen con fragmentos de sus obras en el texto.

  Tal como en Historias de Rock, libro de 2013, o Piedra Grande, de 2019, el tema de la diversidad sexual aflora en este caso de manera más evidente. Esta vez, en ese ambiente de locura, lo que antes aparecía apenas esbozado, quizás una tímida insinuación, en Recinto Psiquiátrico emerge en toda su magnitud; homo o bisexualidad y experiencias de sadomasoquismo, son parte del discurso de Mora, un paciente sui generis, presa (y preso), de sus propias contradicciones. En efecto, pues en las antípodas del personaje disruptivo, permanece como un lastre en su interioridad el peso de la culpa, la culpa cristiana, el pecado transgresor de normas morales dictadas por la adopción de una cultura religiosa anquilosante. Un ejemplo de ello se ve en la sesión 13, en ella, Peruco Mora confiesa que quiere ser un literato célibe, la única manera en que Dios lo protegerá de tentaciones carnales e incorrectas, (la culpa) para luego, unas pocas líneas después, recordar descarnadamente sus aventuras de sexo libre con varios amigos y la pasión enfermiza por uno de ellos. El peso de la culpa con toda su carga de religiosidad es el péndulo que mueve de un extremo a otro el sentir y el discurso del personaje, atrapado, como ya dijimos, en un martirio que solo encuentra salida en la locura.

   En estas cuarenta sesiones con la doctora Zinaída Kovalenka, sobreviviente de Chernóbil, Moya se cuestiona, hace gala de su amplio bagaje literario, es perseguido por sus fantasmas o interpela a la psiquiatra. Ejemplos tenemos en la sesión 37, cuando dice: “Me gusta su nombre, doctora: Zinaida Kovalenka, es trágico y bello. Parece un personaje de Tolstoi o un poema a punto de lanzarse a los rieles”, o en la sesión 40… “La invito una temporada al infierno de mi locura, doctora. Y si no se adapta le regalo una opción. Le paso los cordones de mis zapatos y nos lanzamos al vacío”. Así mismo, en estas sesiones, se menciona o se habla derechamente de otros habitantes del recinto, que, como ramas de un árbol, ¿el árbol de la locura?, emergerán en otros relatos con voz propia. Quizás esta primera parte del libro sea la más potente, el tronco que, en la segunda y tercera parte de la novela, en sucesivas ramificaciones, dan forma a un todo coherente, en contraposición a las delirantes intervenciones de las y los protagonistas. Las disquisiciones intelectuales, entre otras, de Peruco Mora, dan paso a estos personajes que hablan por y de sí mismos, desenrollando la madeja de ese mundo de delirios, mundo del cual se desprende como un paréntesis, alejándose de angustias existenciales, un relato a todas luces hilarante, la historia de Ulises de la Reina, un guiño a autores como el chileno Juan Emar, o el uruguayo Felisberto Hernández, magistrales exponentes de una literatura vanguardista y extraña.

   Este universo disfuncional del recinto psiquiátrico, constituye el escenario ideal que permite al autor aproximaciones literarias a un crimen acaecido en su territorio real, como lo fue el asesinato del conscripto Soto Tapia, de sórdidos entretelones, sumergido hasta hoy en nebulosas de hipocresía, y que forma parte del desbarajuste mental de Peruco Moya.

  Como corolario, hay que decir, que tal vez otro importante soporte del libro, además de los anteriormente mencionados, se llame imaginación, una imaginación desbordante que nunca resta verisimilitud al relato en sus múltiples ramificaciones, ramificaciones que finalmente confluyen, en un pasadizo abierto para quien lee. En fin, estamos ante una novela lograda, de alto nivel, que hay que repasar más de una vez para develar sus múltiples posibilidades de lectura e interpretación.

  


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