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DE LA REBELIÓN DEL 2019 A LA ELECCIÓN DEL 19 DE DICIEMBRE

El remezón que provocó la irrupción volcánica de la rebelión del 18 de octubre del 2019, que hizo tambalear el tablero de la institucionalidad neoliberal, poco a poco se fue estabilizando gracias a las estratégicas e inteligentes decisiones tomadas desde las élites y la clase política institucional con el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, el que ayudado además por la inesperada pandemia y la emergencia sanitaria creada por el coronavirus logró frenar el ímpetu popular y sortear con éxito el tsunami que tenía al frente.

Para muchos analistas lo del año 2019 es definido como un estallido o una revuelta, pero más allá de definiciones académicas en mi caso uso el concepto de rebelión entendiéndolo como un proceso de largo aliento que vienen desarrollando de manera permanente los sectores revolucionarios desde el golpe de Estado de 1973 en adelante, con todas las variaciones, complejidades y altibajos que este ha tenido. Este proceso extraparlamentario y extra institucional a lo largo de los años ha mostrado en distintos momentos expresiones abiertas de violencia política popular, pero también ha sufrido importantes derrotas, pese a las cuales ha continuado adelante desarrollándose en forma soterrada y silenciosa con el trabajo de base sectorial y territorial.

Lo que sucedió a partir de octubre del 2019 a lo largo y ancho de todo el territorio nacional fue la expresión de años de incansable lucha popular, pero que esta vez, al incorporar en forma masiva y potente la violencia política como un elemento central de las movilizaciones, logró desestabilizar y poner en jaque la estabilidad democrática y republicana del sistema de dominación capitalista en su expresión neoliberal y esto fue, precisamente, lo que llevó a que se activaran todos los estamentos e instrumentos institucionales para detenerla, partiendo en primer lugar con el empleo de las fuerzas represivas que no dudaron en actuar con la brutalidad que las caracteriza como lo hicieron durante la dictadura cívica militar encabezada por Pinochet, pero que es un patrón de conducta que se ha desplegado a lo largo de toda nuestra vida republicana, cuando los detentores del poder lo estimen pertinente. La masacre de Santa María de Iquique y la “pacificación” de la Araucanía son dos botones de muestra de este comportamiento, en dos períodos muy distintos.

Junto con la represión los demás poderes del Estado del sistema capitalista de dominación imperante, especialmente la clase política institucional, se articularon y desplegaron todas sus potencialidades para ofrecer un mecanismo que pudiera frenar las expresiones de rabia popular encausándolas dentro de los espacios institucionales donde juegan siempre a ganadores, aunque pareciera a veces que son rotundamente derrotados, en las canchas electorales donde mediante el mecanismo del voto los ciudadanos y las ciudadanas tiene  su máxima expresión de “participación” democrática.

El Acuerdo por la Paz se transformó en un genial instrumento de contención el cual, pese al cuestionamiento inicial por parte de un altísimo porcentaje de los sectores en rebeldía, poco a poco fue siendo aceptado principalmente por el despliegue y la presión llevada adelante por los partidos políticos institucionales hacia los y las militantes insertos en las organizaciones sociales, culturales y sectoriales en rebeldía, quienes además al ver frenadas las manifestaciones de protesta callejera debido a las restricciones sanitarias de la pandemia que se instalaron en nuestro país a partir de marzo del 2020, con toque de queda incluido, comenzaron a visualizar como el único camino a recorrer el ofrecido desde las esferas de poder y de los partidos políticos institucionales tan rotundamente rechazados durante los últimos meses del 2019 y los primeros del 2020. Basta recordar las nunca antes visto expresiones de protesta popular en los meses de verano de ese año, especialmente en la ciudad de Viña del Mar, donde las fuerzas represivas fueron totalmente sobrepasadas por el accionar del pueblo rebelde en las calles, para poder recordar hacia donde continuaba avanzando el proceso de rebeldía popular a pesar del Acuerdo por la Paz. Sin duda que ese instrumento fue un factor gravitante, pero tan importante o tal vez decisivo lo fue la aparición de la pandemia de coronavirus. Lo cierto es que la conjugación de ambos elementos fue determinante en el camino institucional que fue adoptando lenta, paulatina y decididamente la gran mayoría del pueblo rebelde.

Así el Plebiscito del Acuerdo/Rechazo representó para los sectores revolucionarios un nuevo Plebiscito del SÍ y el NO del año 88, comenzando a producirse los mismos reacomodos y tomas de posiciones políticas como en aquel momento de nuestra historia reciente. Los eventos electorales posteriores fueron solo nuevas etapas a cumplir disciplinadamente, puesto que ya se había decidido participar de los procesos institucionales diseñados y reglamentados desde las esferas de dominación. Entregar argumentos para justificar esta toma de posiciones es solo cuestión de desarrollar una buena propaganda, puesto que las capacidades técnicas, profesionales y políticas existen y han mostrado su eficacia con arcoíris y promesas de alegría que nunca se hicieron efectivas.

De la rebelión de octubre llegamos en este sinuoso y contradictorio deambular a la elección de diciembre del 2021.

El miedo y la crisis de pánico derivada de la polarización extrema con la que se desarrolló la propaganda para la segunda vuelta de la elección presidencial del domingo 19 de diciembre, que revivió fantasmas del pasado en los “jóvenes y muchachas  rebeldes de ayer”, se propagó entre los sectores rebeldes de hoy  del movimiento social que todavía no habían colocado un pie dentro de la institucionalidad neoliberal manteniéndose firmes hasta ese momento en sus posiciones autónomas, independientes y extraparlamentarias, sectores que esta vez decidieron dar ese paso dentro de la institucionalidad tan cuestionada y rechazada, motivados y presionados por “el temor desenfrenado al fascismo y el regreso a los momentos más oscuros y siniestros de la dictadura”, temores que se levantaron y propalaron en forma exagerada y falaz dado el contexto político y el momento histórico actual, argumentando para tal decisión que no votaban por Boric sino en contra de Kast, en contra del fascismo, aunque en lo concreto votar en contra de un candidato se hace votando en favor del otro, pero la lógica y las justificaciones dan para todo.

Por arte de magia el fascismo y el pinochetismo desaparecieron la tarde del domingo 19 cuando se conoció el triunfo del candidato Boric, la democracia se había salvado y la dictadura había sido “derrotada”, a pesar de que los resultados de esta elección son prácticamente los mismos del año 88, demostrando que después de 33 años la “derecha pinochetista”, a la que se proclama haber hecho desaparecer con este triunfo, mantiene un 44% de adhesión. En aquella ocasión también se argumentó la derrota del pinochetismo y la llegada de la alegría, alegría que hoy se cambió por la esperanza. Todos sabemos ya, después de más de treinta años, lo que eso significó en la práctica concreta respecto al perfeccionamiento y a la profundización del modelo neoliberal con los gobiernos civiles de la post dictadura.

Es difícil dimensionar y/o cuantificar la profundidad de la fractura y división al interior del movimiento social extraparlamentario y rebelde que se manifestó con energía y se multiplicó con rapidez a nivel sectorial, territorial y local durante los primeros momentos de la revuelta iniciada el 18 de octubre de 2019, pero sin duda alguna que lo que se inició como una simple cuña introducida en dicho sector con el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución del 19 de noviembre de ese mismo año, se ha ido transformando paulatinamente en una fractura que se ha venido profundizando con las decisiones adoptadas por nuevos actores y sectores que se han desplazado desde los espacios extraparlamentarios hacia el interior de la institucionalidad del sistema capitalista en su expresión neoliberal que con tanto ímpetu se proclamaba combatir.

Quienes comenzaron tímidamente a dar sus primeros pasos hacia esta institucionalidad no es raro que ahora se unan al coro que proclama y solicita defender apasionadamente la Convención Constitucional -con sus limitaciones y normas que la regulan, incluyendo la regla de los 2/3- que por el arte de la palabra y la comunicación se ha transformado en un proceso constituyente democrático, popular y soberano. Para asegurar lo anterior será necesario además respaldar con fuerza y entusiasmo el gobierno de Boric, dejando como una anécdota del pasado los cuestionamientos al presidente electo y a sus aliados representados por la clase política institucional tan ferozmente rechazada hace tan solo dos años atrás.

Sin duda alguna, con la “esperanza” como idea fuerza, habrá un período de “luna de miel”, un período de latencia en el movimiento social desde que se instale el nuevo gobierno encabezado por Boric en el mes de marzo, cuya pasividad y duración es difícil de pronosticar. Más allá de los discursos, de las promesas y de los actos simbólicos que se publiciten, serán los hechos concretos realizados por el gobierno de la coalición Apruebo Dignidad y sus aliados los que determinarán la mayor o menor duración de dicho período. Aunque siempre se podrá argumentar que la correlación de fuerzas en el parlamento será la responsable de que no se pueda cumplir el programa. Así, de esta manera, la alegría y la esperanza serán “responsabilidad” de la derecha pinochetista, esa que han dado por muerta ya varias veces, pero que cuando es necesaria revivir se le convoca con bombos y platillos.

Siempre el primer paso es el que cuesta cuando se comienza a caminar, después se siguen dando los otros pasos en “piloto automático”. 

La gran pregunta es cómo incidirán todas estas opciones políticas asumidas por sectores que se ubicaban en los espacios extraparlamentarios en el complejo proceso de construcción de una alternativa democrática popular independiente que, desde fuera de la institucionalidad, busque superar las estructuras de opresión y dominación vigentes avanzando resueltamente en la construcción de los instrumentos necesarios para llevar adelante esta tarea.

Guillermo Correa Camiroaga, Valparaíso 01 enero 2022

 

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